Hace poco escuché que lo único estable era el cambio, todo cambia, y oponerse al cambio era una lucha inútil, vana, dificultosa, condenada al fracaso.
Hay cosas que no quiero que cambien. Hay personas que no quiero que se marchen de mi vida. Pero entiendo que no puedo hacer nada contra ello.
Intento ser una roca, luchando por permanecer, y quizá debería ser una hoja al viento. Quizá la roca acabe quebrándose.
Quizá no debería insistir si no hay nada que hacer. Igual no son importantes los por qué ni los cómo, sino la oportunidad de crecer. Quizá ya no crezca más y deba aceptarlo y aceptarme.
Pero sigo sin poder conformarme.
Y aunque hoy grite y patalee y me niegue, las cosas cambian a mi pesar. Mañana puede ser que se me olvide y tropiece nuevamente con la misma piedra. Pero un día quizá, sólo quizá, ya no esté aquí. Y entonces me dará igual que me recuerdes o no, que me busques o no, que te lamentes o no. Y entonces, estaré volando al viento.
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viernes, 23 de diciembre de 2011
lunes, 22 de agosto de 2011
Una cosa lleva a la otra
He empezado a buscar una cosa, no la he encontrado, y me he dicho por enésima vez que no puedo vivir en este desorden, que no puedo confiar ya tanto en la memoria que acude en mi auxilio recordando dónde puse algo cuando lo necesito. Será la edad, que arrincona los recuerdos utilitarios y me deja las batallitas inútiles, pues antes podía decir sin faltar a la verdad que no era desorden, que era mi orden particular, porque yo sabía dónde estaban las cosas.
Y he empezado a ordenar. Empezado, sólo, en este traslado de cosas de un lado a otro para crear guettos de cosas afines, tirando algunas que habían quedado inservibles. He descubierto algunas cosas sorprendentes, como una ristra de botes de champú de alguna oferta de compra 301 y paga sólo 299 con los que debería tener hasta que me quede sin pelo. O que tengo suficientes cables de cachivaches electrónicos como para llevar electricidad a la Antártida, por lo menos.
Y he descubierto, también, que el orden ocupa más que el caos, porque, a pesar de todo y aún teniendo en cuenta que no he acabado de ordenar, el espacio ocupado sigue siendo el mismo.
Espero continuar con este ataque de orden y limpieza extremo. Entre otras cosas, para encontrar lo que buscaba que ya no recuerdo qué era, y porque así no tengo excusas para no invitar a E a casa, y ver qué sucede.
Y he empezado a ordenar. Empezado, sólo, en este traslado de cosas de un lado a otro para crear guettos de cosas afines, tirando algunas que habían quedado inservibles. He descubierto algunas cosas sorprendentes, como una ristra de botes de champú de alguna oferta de compra 301 y paga sólo 299 con los que debería tener hasta que me quede sin pelo. O que tengo suficientes cables de cachivaches electrónicos como para llevar electricidad a la Antártida, por lo menos.
Y he descubierto, también, que el orden ocupa más que el caos, porque, a pesar de todo y aún teniendo en cuenta que no he acabado de ordenar, el espacio ocupado sigue siendo el mismo.
Espero continuar con este ataque de orden y limpieza extremo. Entre otras cosas, para encontrar lo que buscaba que ya no recuerdo qué era, y porque así no tengo excusas para no invitar a E a casa, y ver qué sucede.
domingo, 29 de mayo de 2011
Excusas válidas
El fútbol, que gane o pierda nuestro equipo. Un comentario sobre una película que sé que te gustaría ver. Tropezar con un libro que me comentaste que no podías dejar de leer. Encontrarme con un amigo común. Un anuncio de ropa que te sentaría genial. Publicidad de un viaje que me hubiera gustado hacer juntos. Pasar por el café en el que quedábamos a veces. Un mail. Viejas fotos.
Y, sin venir a cuento, te recuerdo.
Y, sin venir a cuento, te recuerdo.
sábado, 14 de mayo de 2011
Satélites
Te observo a la distancia cómo avanzas y juego a mantener tu paso, sin acercarme, sin alejarme. Decides, te arriesgas, evolucionas, aciertes o no. Cambias, sin tener en cuenta que me haces cambiar en tu estela. Te miro, como se mira a través de la ventana, como se observa la actividad en la platina del microscopio. No critico, no evalúo. Observo pasivamente cómo actúas de catalizador, viviendo por poderes. Y te sigo.
Pero a veces me recorre en un escalofrío el impulso de saltar al otro lado del espejo, de pararte y que tengas que ser tú quien me siga a dónde yo decida lanzar los dados, o perderte, gane o pierda. Respirar autónomamente. Aunque no sé siquiera si percibirías que ya no sigo siendo tu satélite.
Y mientras tanto, espero y pasa el tiempo y muero poco a poco.
Pero a veces me recorre en un escalofrío el impulso de saltar al otro lado del espejo, de pararte y que tengas que ser tú quien me siga a dónde yo decida lanzar los dados, o perderte, gane o pierda. Respirar autónomamente. Aunque no sé siquiera si percibirías que ya no sigo siendo tu satélite.
Y mientras tanto, espero y pasa el tiempo y muero poco a poco.
viernes, 4 de marzo de 2011
Traiciones
Añorar el silencio, por un momento, terrible y absoluto, resignados a utilizar unos ruidos externos, quizá más agradables, quizá más aceptables que unos ruidos internos constantes, que por suerte (virgencita, virgencita, que me quede como estoy) se mantienen en unos niveles soportables aunque molestos.
Sorprenderse, de repente, por la falta de dolor, sordo y constante, convertido en una compañía indeseada a la que has intentado expulsar sin éxito, y te limitas a llevar con más o menos fortuna, cargada en la espalda, en los hombros, en la cabeza, intentando averiguar si hay alguna postura mejor.
Entrecerrar los ojos para ver mejor, o intentarlo acaso, cansados de forzarse en identificar datos en pantallas, un peaje más de las nuevas tecnologías para quienes han olvidado deslizar la mirada por el horizonte.
Arrastrar pies que cuesta levantar, apoyándose en barandas, muletas urbanas, desconfiando de la firmeza propia y ajena, que prevemos incapaz de sostenernos verticales, a distancia del suelo en el que acabaremos más tarde o más temprano.
Descubrir un día que la ley de la gravedad es realmente universal, aunque hasta ahora no lo hubieras experimentado de primera mano en carnes propias. Y descubrir, en un escalofrío súbito, que importa más de lo que habías supuesto.
Agarrarnos las manos, no por ternura, no en un gesto de modestia, buena educación, comodidad, sinó para que una evite a la otra un temblor progresivamente incontrolable.
Repetir, ejercitar, en un desesperado intento vano de atrapar a una memoria huidiza, con la sensación de que algo se desvanece pero sin saber exactamente el qué. Perplejidad. Confiar en la bondad de los que se han vuelto extraños.
Desconfiar, cada vez más, de lo que una vez se dio por seguro, de un cuerpo que te traiciona, de una mente que pierde identidad.
Sorprenderse, de repente, por la falta de dolor, sordo y constante, convertido en una compañía indeseada a la que has intentado expulsar sin éxito, y te limitas a llevar con más o menos fortuna, cargada en la espalda, en los hombros, en la cabeza, intentando averiguar si hay alguna postura mejor.
Entrecerrar los ojos para ver mejor, o intentarlo acaso, cansados de forzarse en identificar datos en pantallas, un peaje más de las nuevas tecnologías para quienes han olvidado deslizar la mirada por el horizonte.
Arrastrar pies que cuesta levantar, apoyándose en barandas, muletas urbanas, desconfiando de la firmeza propia y ajena, que prevemos incapaz de sostenernos verticales, a distancia del suelo en el que acabaremos más tarde o más temprano.
Descubrir un día que la ley de la gravedad es realmente universal, aunque hasta ahora no lo hubieras experimentado de primera mano en carnes propias. Y descubrir, en un escalofrío súbito, que importa más de lo que habías supuesto.
Agarrarnos las manos, no por ternura, no en un gesto de modestia, buena educación, comodidad, sinó para que una evite a la otra un temblor progresivamente incontrolable.
Repetir, ejercitar, en un desesperado intento vano de atrapar a una memoria huidiza, con la sensación de que algo se desvanece pero sin saber exactamente el qué. Perplejidad. Confiar en la bondad de los que se han vuelto extraños.
Desconfiar, cada vez más, de lo que una vez se dio por seguro, de un cuerpo que te traiciona, de una mente que pierde identidad.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Palabrería comparada: Efeméride - efímero
Efeméride: 1. f. Acontecimiento notable que se recuerda en cualquier aniversario de él.
2. f. Conmemoración de dicho aniversario.
Efímero: 1. adj. Pasajero, de corta duración.
2. adj. Que tiene la duración de un solo día.
Y yo me marcharé.
Con un pie delante del otro, o con los dos, saldré de vuestras vidas.
Y un día, quizá hoy, quizá pasado mañana, me deslizaré de vuestros recuerdos sin hacer ruido, tal y como vine, tal y como fue mi permanencia efímera.
lunes, 30 de agosto de 2010
Dispersión (cosas de tiempo II)
A veces no va de dos horas y a veces te va de un minuto. Si pensara lo que quiero/debo hacer en una secuencia lógica y ordenada de sucesos, ahorraría tiempo y lo podría emplear en perderlo. Pero no, me distraigo del objetivo, de los objetivos, olvido lo que iba a hacer y vuelvo sobre mis pasos, y una concatenación perfecta de haceres se transforma en un errático baile de despropósitos. Quien no tiene cabeza tiene pies (o dinero).
A veces, tiempo es lo único que sobra, tiempo cautivo de inactividad, un atasco, la cola del supermercado, una sala de espera, donde intentas reordenar tu agitada vida trasladada forzosamente a una burbuja, del reloj digital al reloj de sol, tu vida en un pedacito de ámbar, y distraes el impulso de actuar con un libro, unos pasatiempos, unos pensamientos, un intento fútil de aprovechamiento. Qué útil sería una función de stand-by cerebral, desconectar cuando no puedes utilizar. Qué capitalista la noción de tiempo útil, de productividad, el tiempo vale lo que valga en lo que lo has empleado.
Y el tiempo sigue transcurriendo, grano a grano, dígito a dígito, latido a latido.
A veces, tiempo es lo único que sobra, tiempo cautivo de inactividad, un atasco, la cola del supermercado, una sala de espera, donde intentas reordenar tu agitada vida trasladada forzosamente a una burbuja, del reloj digital al reloj de sol, tu vida en un pedacito de ámbar, y distraes el impulso de actuar con un libro, unos pasatiempos, unos pensamientos, un intento fútil de aprovechamiento. Qué útil sería una función de stand-by cerebral, desconectar cuando no puedes utilizar. Qué capitalista la noción de tiempo útil, de productividad, el tiempo vale lo que valga en lo que lo has empleado.
Y el tiempo sigue transcurriendo, grano a grano, dígito a dígito, latido a latido.
miércoles, 18 de agosto de 2010
Cosas de tiempo
Cosas, multitud de cosas, cosas que compras, cosas que te regalan, cosas que encuentras y que piensas que en un momento u otro te servirán para algo. Cosas que se quedan, que se llenan de polvo, y no tiras por un sentimiento de Diógenes alimentado por la Ley de Murphy que dice que vas a necesitar ahora lo que justo descartaste ayer, y por la Ley del eterno retorno, las modas son cíclicas y cada vez más rápidas, y en crisis no estamos para gastar. Cosas que llenan vacíos, que llenan huecos, que parasitan el ser con el tener, cosas que se apilan y absorben tu espacio vital, te arrinconan y amenazan con aplastamientos, un nuevo sentido a caerse la casa encima.
Pero qué pereza cada vez que piensas en deshacerte de ellas, por la revisión y la valoración que hacer, porque no te atreverás a cortar por lo sano. Debería mudarme cada dos años, como mucho, y ver que todo lo que tengo que valga la pena lo llevo conmigo.
Te propongo que no me regales cosas, no regalarte cosas. Te regalaré mi tiempo.
Tiempo, falta de tiempo, lleno de cosas que hacer, cosas que prometiste, que te obligaron, que no has podido evitar…
Pero qué pereza cada vez que piensas en deshacerte de ellas, por la revisión y la valoración que hacer, porque no te atreverás a cortar por lo sano. Debería mudarme cada dos años, como mucho, y ver que todo lo que tengo que valga la pena lo llevo conmigo.
Te propongo que no me regales cosas, no regalarte cosas. Te regalaré mi tiempo.
Tiempo, falta de tiempo, lleno de cosas que hacer, cosas que prometiste, que te obligaron, que no has podido evitar…
lunes, 9 de agosto de 2010
GPS canino
Soy urbanita, para qué vamos a engañarnos. Si hubiera algún tipo de desastre o tuviera que irme a algún reality show a alguna isla desconocida, seguramente moriría de inanición antes de poder cultivar o cazar algo comestible. La generación anterior (padres, tíos, sin tener que remontarme a abuelos), que en parte proviene del medio rural, no tendría estos problemas, sabría cuándo, dónde y como buscarse la vida o, al menos, intentarlo.
Ayer fui a una zona montañosa que tengo a 15 minutos en coche, teóricamente a pasear a tres perros, en la práctica a que me pasearan a mí. No es una zona grande y van casi cada día, con lo que me habían dicho que se conocen todos los caminos, y como he ido algunas otras veces, pensé que sería suficiente seguirlas para una agradable caminata de aproximadamente una hora.
Pero no se puede confiar en un GPS canino. Los caminos que te muestran son inescrutables e inexpugnables, tengo señales de zarzas que lo demuestran. Cuando hace un tiempo que no pisas una zona así, como era mi caso, la vegetación ha cambiado y si no tienes unas referencias claras, pues lo que pasa, que sabes aproximadamente dónde estas y a dónde quieres llegar, pero no sabes si el camino es el correcto. Resultado: triple de tiempo, sol y cansancio, y convencimiento total de que el campo no es lo mío, por domesticado que esté, que al fin y al cabo está rodeado por civilización por todos lados.
Suerte del móvil para conseguir orientación. Y no, no llamé al teléfono de la esperanza, llamé a alguien de la generación anterior...
martes, 15 de diciembre de 2009
Quemando fósforos
Cuando voy hacia el trabajo suelo poner el piloto automático. Quiero decir, es temprano por la mañana, tengo sueño, tengo prisa, tengo frío (nadie diría que carezco de posesiones...), el camino casi lo podría hacer con los ojos cerrados de tan conocido, por lo que normalmente dejo que mis pies me lleven mientras mentalmente voy divagando, eso que se me da tan bien.
Esta mañana iba picoteando en la lista de "cosas pendientes" y como una cosa lleva a la otra (tengo que hablar con C. / qué bueno aquella vez que ---), me he sorprendido sonriendo en medio de la calle. Y de repente, una luz como la de un fósforo me ha llevado a otro pensamiento, quizá porque las fechas son propicias, al cuento de la pequeña cerillera.
Supongo que ya lo conocéis, aquél en el que una pequeña vendedora de cerillas, en unas navidades especialmente frías, al no vender nada, se refugia y enciende sus últimas cerillas, que le proporcionan unas cálidas imágines/recuerdos hasta que muere de frío. Sí, ya sé, actualmente la Disney ni por asomo haría una película de este cuento, le caerían demasiadas demandas millonarias por traumas infantiles.
Pero a lo que iba, de repente mis recuerdos me han parecido una cálida cerilla en una época especialmente fría, en muchos sentidos. Y ya, de buena mañana, me he hecho el firme propósito de evitar la congelación.
Esta mañana iba picoteando en la lista de "cosas pendientes" y como una cosa lleva a la otra (tengo que hablar con C. / qué bueno aquella vez que ---), me he sorprendido sonriendo en medio de la calle. Y de repente, una luz como la de un fósforo me ha llevado a otro pensamiento, quizá porque las fechas son propicias, al cuento de la pequeña cerillera.
Supongo que ya lo conocéis, aquél en el que una pequeña vendedora de cerillas, en unas navidades especialmente frías, al no vender nada, se refugia y enciende sus últimas cerillas, que le proporcionan unas cálidas imágines/recuerdos hasta que muere de frío. Sí, ya sé, actualmente la Disney ni por asomo haría una película de este cuento, le caerían demasiadas demandas millonarias por traumas infantiles.
Pero a lo que iba, de repente mis recuerdos me han parecido una cálida cerilla en una época especialmente fría, en muchos sentidos. Y ya, de buena mañana, me he hecho el firme propósito de evitar la congelación.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
Salomón, 3M
Metro, primera hora de la mañana. Flujo ordenanamente caótico (o caóticamente ordenado) de personas que van y vienen. Van y van, pocas vienen, pero van a lugares opuestos, por tanto, según mi posición relativa, vienen. Rutina ordinaria, parar, abrir puertas, vomitar gente hacia la gente apelotonada fuera que espera su turno para apelotonarse dentro. Cierre de puertas y mutis por el túnel.
Carreras por entrar, prisas por no esperar 3 minutos, porque a estas horas puede representar la diferencia entre llegar a secas o llegar tarde. Carreras de preadolescentes por la emoción de llegar antes de que se cierren las puertas (¿Germen o consecuencia de la actual sociedad competitiva?). Una entra, sonriente, triunfante, medalla de oro en 50m andén; la otra frena ante la puerta, con cara de susto, ya que la puerta se cierra y se va a quedar fuera. Una mujer, presumo la madre de ambas (se parecen, una un poco más rubia, la otra un poco más alta), se debate en milésimas y se lanza valientemente entre las puertas que se cierran, quedando equitativamente entre ambas, las puertas y las hijas, nueva versión del juicio de Salomón, en la que no se reparte un hijo entre sus dos supuestas madres, sino una madre entre dos hijas que presumo ciertas. Y como entonces, la espada se retira y la madre sigue entera, con una niña de cada mano, retomando la rutina.
Carreras por entrar, prisas por no esperar 3 minutos, porque a estas horas puede representar la diferencia entre llegar a secas o llegar tarde. Carreras de preadolescentes por la emoción de llegar antes de que se cierren las puertas (¿Germen o consecuencia de la actual sociedad competitiva?). Una entra, sonriente, triunfante, medalla de oro en 50m andén; la otra frena ante la puerta, con cara de susto, ya que la puerta se cierra y se va a quedar fuera. Una mujer, presumo la madre de ambas (se parecen, una un poco más rubia, la otra un poco más alta), se debate en milésimas y se lanza valientemente entre las puertas que se cierran, quedando equitativamente entre ambas, las puertas y las hijas, nueva versión del juicio de Salomón, en la que no se reparte un hijo entre sus dos supuestas madres, sino una madre entre dos hijas que presumo ciertas. Y como entonces, la espada se retira y la madre sigue entera, con una niña de cada mano, retomando la rutina.
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